
Antes pensaba que era cierto eso de que se escribía desde el sufrimiento, pasando las de Caín. La vida bohemia y creativa estaba, ante mis ojos, en una estricta conexión con el dolor.
Con el tiempo he ido aprendiendo que la tragedia no está inherentemente asociada a la creación artística o literaria. Que es posible escribir desde la felicidad y la ternura. Que sí, se puede escribir del sol. Lo sé porque lo vivo, porque continuamente lo hago.
Sí, he escrito desde el boquete más hondo y la desesperanza, pero también lo he hecho desde los abrazos de mi madre que son centro y abundancia. Escribo desde la humildad profunda de mi padre y desde la sonrisa contagiosa de mi hermano. Escribo desde la 115, por la recta de los mangós. Desde la vista hacia el Desecheo en Cruces y desde las manos santas de mi abuela. Escribo, también, desde el privilegio de saberme sostenida e intensamente amada.
Sí, he escrito desde las lluvias torrenciales, pero también me he dado la oportunidad de esperar a que escampe y observar cómo los rayos del sol van aclarando el día.
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