
Al menos, ella aguanta lo que sea que mis dedos tecleen,
lo que sea que el trazo del grafito le escriba.
Directo desde mi tumultuosa mente hacia el espacio en blanco que se llena de palabras.
Que mucha mierda se suelta.
Que mucha mierda se habla.
Escribo los recuerdos, los escenarios imaginados y las películas que me creo. Escribo a paso de tortuga, a mares o a las millas de chaflán. Escribo con lágrimas en los ojos, con una sonrisa de oreja a oreja, con la sangre que me hierve o con el corazón apretao. Escribo despeinada, en chanclas, en tenis o en ropa de dormir.
Escribo, escribo y escribo.
porque si no lo hago, me deshago.
Me destruyo. Me descuido. Me derrito.
Escribo de memorias, de planes futuros y de mi presente. Escribo en azul, rojo o negro, en días nublados, en días soleados, en noches frías o en calores borinqueñas.
Escribo con miedos, con dudas, con certeza o con preguntas. Escribo por amor, por deseo, y a veces, por obligación.
Pero más que todo, escribo con la seguridad de saberme y de sentirme en libertad. Descargando los pensamientos que, en ocasiones, se acumulan y pretenden estallarme la cabeza.
Aliviando la picazón.
Sábila fría en la insolación.
Besitos de coco.
Dulce de guayaba.
Juguito de acerola.
Agua con limón.
Escribo.
Porque si no lo hago, me deshago.
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